
En su audiencia del miércoles 20 de septiembre de 2017, el papa Francisco afirmó: «¡Sueña! Sueña con un mundo que aún no se ve, pero que sin duda llegará…».
Estas palabras me hicieron reflexionar profundamente sobre la esperanza y sobre cómo ha iluminado mi vida, especialmente en un momento crucial, como el de la elección de mi vocación.
Antes de tomar una decisión concreta, me encontraba en un período de gran incertidumbre y confusión. Al mirar mi vida, mi independencia y la estabilidad que había construido, parecía que el paso decisivo era un salto al vacío. Sentía como si estuviera zambulléndome en un mar profundo sin saber nadar. Sin embargo, en medio de este tumulto interior, sentí claramente que tenía que elegir otra cosa.
Mirando hacia atrás, veo cómo Dios me guió. Fue precisamente en ese momento de incertidumbre cuando comprendí que había llegado el momento de tomar una decisión, incluso sin saber exactamente a dónde me llevaría.
La esperanza me guió. De hecho, la esperanza es como una luz que ilumina el pasado, permitiéndonos aceptarlo y aprender de él; ilumina el presente, dándonos claridad para discernir el tiempo en que vivimos; y proyecta nuestra mirada hacia el futuro, animándonos a no detenernos, sino a continuar hacia la plenitud de la vida que Dios ha preparado para nosotros.
La esperanza, como luz, no solo nos guía en el presente, sino que también nos impulsa a soñar, a creer que, aunque el futuro pueda parecer incierto, las promesas de Dios son firmes y seguras.
Como afirma San Pablo en la carta a los Efesios: «Dios ilumina los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis a qué esperanza os ha llamado, cuál es el tesoro de gloria que encierra su herencia entre los santos y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder hacia nosotros, que creemos, según la eficacia de su fuerza y de su vigor» (Efesios 1:18-19).
Mariana Eva CJ, Rumanian sister, LEP Province
